Isaac Felipe Azofeifa Bolaños, (Costa Rica, Heredia, Santo Domingo, 11 de abril de 1909 - San José, 3 de abril de 1997).
Isaac Felipe Azofeifa, es uno de los fundadores de la poesía moderna en Costa Rica.
Tres fueron sus rutas a lo largo de activos y prolíficos 87 años: la educación, la poesía y la política, entendidas las tres como acciones para mejorar la vida de todas las personas. En los tres campos brilló, supo ser innovador, fiel a su ideario humanista hasta el fin, y un hombre jovial y generoso con visión penetrante de la realidad, sus bellezas y sus injusticias. En todos estos campos dejó una huella indeleble e imperecedera.
Como poeta, Azofeifa cantó al amor, al erotismo, a la mujer, al dolor del prójimo y a las tribulaciones del mundo. Poesía amorosa, poesía existencial y poesía social son las tres vertientes que animan su inspirada obra.
Su obra refleja una fina sensibilidad contemplativa pero apasionada, que alterna el vuelo lírico con su conciencia social. Estilísticamente evolucionó desde el modernismo, sorbiendo de las vanguardias y del postmodernismo hasta conformar su propio verbo.
La casa de mi infancia es de barro del suelo a la teja, y de maderas apenas descuajadas, que en otro tiempo obedecieron hachas y azuelas en los cercanos bosques. El gran filtro de piedra vierte en ella, tan grande, su agua de fresca sombra.
Yo amo su silencio, que el fiel reloj del comedor vigila. Me escondo en los muebles inmensos. Abro la despensa para asustarme un poco del tragaluz, que hace oscuros los rincones. Corro aventuras inauditas cuando entro en el huerto cerrado que me está prohibido. En la penumbra de la tarde, que va cayendo lenta sobre el mundo, el grillo del hogar canta de pronto, y su estribillo triste riega en el aire quieto, paz y sueño sabrosos.
Cuando venían las lluvias miraba los largos aguaceros desde el ancho cajón de las ventanas. Nunca huele a tierra tanto como esa tarde. Se oye la lluvia primero en el aire venir como un gigante que se demora, lento, se detiene y no llega, y luego, están ahí sus pies sobre las hojas, tamborileando, rápidos, mojando, y lavando sus manos deprisa, tan deprisa, los árboles, el césped, los arroyos, los alambres, los techos, las canoas.
Pero también su llanto desolado, su sinrazón de ser triste, su acabarse de pronto, sin objeto ni adiós, para siempre en mi infancia, para siempre.
El alba es un camino. Por el alba se llega a la dulzura. El aviso general de los gallos abre a la luz las puertas de la tierra.
El aire reparte una casta voz de campanas. Un trino de pájaro rompe el cristal del cielo y riega el silencio fresco de la madrugada. El árbol duerme vuelto hacia sí mismo. Tú, mi fiel compañía, dices palabras irreales para salvar el sueño que se aleja en el agua sutil de la noche. Despierta tiritando en el vacío un ángel retardado. Un fantasma, una sombra, un soplo, nada. Y amanece.
La vida es un milagro. Cada flor, con su forma, su color, su aroma, cada flor es un milagro. Cada pájaro, con su plumaje, su vuelo, su canto, cada pájaro es un milagro. El espacio, infinito, el espacio es un milagro. El tiempo, infinito, el tiempo es un milagro. La memoria es un milagro. La conciencia es un milagro. Todo es milagro. Todo menos la muerte. -Bendita muerte, que es el fin de todos los milagros.
Borges decía que había escrito sus cuentos para que le soportásemos su poesía. La armadura del comentario denota inteligencia, pero es injusto. Desde Fervor de Buenos Aires hasta Los conjurados, Borges configura una poesía particular en el panorama de nuestra lengua. Se trata, del testimonio de un hombre que en algún verso confesó ser un Alonso Quijano que nunca se atrevió a ser don Quijote. Es una poesía de referencias personales acerca de la única razón de su existencia, la literatura. No hay amor, no hay infancia, es cierto. Hay sólo recuerdos y libros.
En el prólogo a su Obra poética 1923-1976, Borges confiesa: Tres suertes puede correr un libro de versos: puede ser adjudicado al olvido, puede no dejar una sola línea pero sí una imagen total del hombre que lo hizo, puede legar a las antologías unos pocos poemas. Si el tercero fuera mi caso, yo querría sobrevivir en el Poema conjetural, en el Poema de los dones, en Everness, en El Golem y en Límites. Pero toda poesía es misteriosa. Yo pienso que está bien. Cinco poemas en doce poemarios no es un mal promedio.
El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 23 de septiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:
Zumban las balas en la tarde última. Hay viento y hay cenizas en el viento, se dispersan el día y la batalla deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen. Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado, de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanza ni temor, perdido, huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio que, huyendo a pie y ensangrentando el llano, fue cegado y tumbado por la muerte donde un oscuro río pierde el nombre, así habré de caer. Hoy es el término. La noche lateral de los pantanos me asecha y me demora. Oigo los cascos de mi caliente muerte que me busca con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes, a cielo abierto yaceré entre ciénagas; pero me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba el laberinto múltiple de pasos que mis días tejieron desde un día de la niñez. Al fin he descubierto la recóndita clave de mis años, la suerte de Francisco de Laprida, la letra que faltaba, la perfecta forma que supo Dios desde el principio. En el espejo de esta noche alcanzo mi insospechado rostro eterno. El círculo se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas que me buscan. Las befas de mi muerte, los jinetes, las crines, los caballos, se ciernen sobre mí ... Ya el primer golpe, ya el duro hierro que me raja el pecho, el íntimo cuchillo en la garganta.
Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día les prodiga sus libros infinitos, arduos como los arduos manuscritos que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega) muere un rey entre fuentes y jardines; yo fatigo sin rumbo los confines de esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente y el Occidente, siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca exploro con el báculo indeciso, yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra con la palabra azar, rige estas cosas; otro ya recibió en otras borrosas tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías suelo sentir con vago horror sagrado que soy el otro, el muerto, que habrá dado los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema de un yo plural y de una sola sombra? ¿Qué importa la palabra que me nombra si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido mundo que se deforma y que se apaga en una pálida ceniza vaga que se parece al sueño y al olvido
Si (como el griego afirma en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo.
Y, hecho de consonantes y vocales, habrá un terrible Nombre, que la esencia cifre de Dios y que la Omnipotencia guarde en letras y sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo supieron en el Jardín. La herrumbre del pecado (dicen los cabalistas) lo ha borrado y las generaciones lo perdieron.
Los artificios y el candor del hombre no tienen fin. Sabemos que hubo un día en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre en las vigilias de la judería.
No a la manera de otras que una vaga sombra insinúan en la vaga historia, aún está verde y viva la memoria de Judá León, que era rabino en Praga.
Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dio a permutaciones de letras y a complejas variaciones y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,
la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio, sobre un muñeco que con torpes manos labró, para enseñarle los arcanos de la Letras, del Tiempo y del Espacio.
El simulacro alzó los soñolientos párpados y vio formas y colores que no entendió, perdidos en rumores y ensayó temerosos movimientos.
Gradualmente se vio (como nosotros) aprisionado en esta red sonora de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora, Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
(El cabalista que ofició de numen a la vasta criatura apodó Golem; estas verdades las refiere Scholem en un docto lugar de su volumen.)
El rabí le explicaba el universo: Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga y logró, al cabo de años, que el perverso barriera bien o mal la sinagoga.
Tal vez hubo un error en la grafía o en la articulación del Sacro Nombre; a pesar de tan alta hechicería, no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.
Sus ojos, menos de hombre que de perro y harto menos de perro que de cosa, seguían al rabí por la dudosa penumbra de las piezas del encierro.
Algo anormal y tosco hubo en el Golem, ya que a su paso el gato del rabino se escondía. (Ese gato no está en Scholem pero, a través del tiempo, lo adivino.)
Elevando a su Dios manos filiales, las devociones de su Dios copiaba o, estúpido y sonriente, se ahuecaba en cóncavas zalemas orientales.
El rabí lo miraba con ternura y con algún horror. ¿Cómo (se dijo) pude engendrar este penoso hijo y la inacción dejé, que es la cordura?
¿Por qué di en agregar a la infinita serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana madeja que en lo eterno se devana, di otra causa, otro efecto y otra cuita?
En la hora de la angustia y de luz vaga, en su Golem los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga?
"Cuando tengo una preocupación, un dolor o un amor tengo la suerte de poder transformarlo en poesía" -
El pasado 17 de mayo murió a los 88 años Mario Benedetti, uno de los escritores más prolíficos de la literatura iberoamericana.
Tras de sí Benedetti, miembro de la llamada "Generación de 1945", caracterizada por su severa crítica a lo establecido, deja 80 libros que abarcan todos los géneros literarios, desde la poesía hasta la novela, pasando por el cuento y el periodismo.
En su obra se nota una mirada crítica a las "izquierdas" que lo obligaron a exiliarse durante varios años. Muestra también la perspectiva de alguien que creyó en la vida, en el amor y en la ética.
"Él siempre dijo que se sentía más poeta que otra cosa", señaló la biógrafa del escritor, Hortensia Campanella, cuando presentó hace unos meses el libro "Mario Benedetti. Un mito discretísimo", con el que trazó la trayectoria de uno de los mitos de la literatura hispanoamericana del siglo XX y quizá la conciencia poética de todo un continente.
La de Benedetti, dijo Campanella ha sido "una vida que ha ido persiguiendo la utopía y que por eso mismo ha encontrado en la poesía su mejor expresión, o por lo menos, la más querida, la más auténtica".
La poesía, decía Benedetti, es "un altillo de almas", un "tragaluz para la utopía" y "un drenaje de la vida/ que enseña a no temer a la muerte".
En 2008 Benedetti publicó su último poemario, "Testigo de uno mismo", un libro que vino a ser un poco el resumen de su carrera poética.
Además, en esta obra presentía ya el final de sus días, sin tapujos, a la vez que insistía en la soledad sin su amada Luz y con un mundo reducido: "Acontece la noche y estoy solo/ cargo conmigo mismo a duras penas/ al buen amor se lo llevó la muerte/ y no sé para quién seguir viviendo".
Su obra en prosa dejó también honda huella en la literatura iberoamericana, su principal novela, "La tregua" se convirtió en un clásico con más de 140 ediciones en 20 idiomas desde su publicación.
Sobre sus cuentos el escritor mexicano José Emilio Pacheco dijo que dentro de la enorme obra de Benedetti, sus reseñas y sus cuentos no han sido evaluados en todo su valor, pues sus novelas y poesía han atraído siempre la atención de sus lectores.
La muerte de Benedetti consternó a los uruguayos, miles de personas se arremolinaron a las puertas del Salón de los Pasos Perdidos del Parlamento de Uruguay, para rendir homenaje al fallecido escritor.
Entre los presentes que los dolientes llevaron a la capilla ardiente destacan decenas de bolígrafos, en recuerdo de lo dicho por el escritor, quien en una ocasión comentó que cuando muriera no olvidaran su bolígrafo.
Tengo una soledad tan concurrida tan llena de nostalgias y de rostros de vos de adioses hace tiempo y besos bienvenidos de primeras de cambio y de último vagón.
Tengo una soledad tan concurrida que puedo organizarla como una procesión por colores tamaños y promesas por época por tacto y por sabor.
Sin temblor de más me abrazo a tus ausencias que asisten y me asisten con mi rostro de vos.
Estoy lleno de sombras de noches y deseos de risas y de alguna maldición.
Mis huéspedes concurren concurren como sueños con sus rencores nuevos su falta de candor yo les pongo una escoba tras la puerta porque quiero estar solo con mi rostro de vos.
Pero el rostro de vos mira a otra parte con sus ojos de amor que ya no aman como víveres que buscan su hambre miran y miran y apagan mi jornada.
Las paredes se van queda la noche las nostalgias se van no queda nada.
Cuando sientas tu herida sangrar cuando sientas tu voz sollozar cuenta conmigo -Carlos Puebla
Compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez, sino contar conmigo.
Si algunas veces advierte que la miro a los ojos, y una veta de amor reconoce en los míos, no alerte sus fusiles ni piense que deliro; a pesar de la veta, o tal vez porque existe, usted puede contar conmigo.
Si otras veces me encuentra huraño sin motivo, ni piense que es flojera igual puede contar conmigo.
Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted, es tan lindo saber que usted existe, uno se siente vivo; y cuanto digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco.
No para que acuda presurosa en mi auxilio, sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo.
A veces me siento como un águila en el aire. -Pablo Milanés
Unas veces me siento como pobre colina y otras como montaña de cumbres repetidas.
Unas veces me siento como un acantilado y en otras como un cielo azul pero lejano.
A veces uno es manantial entre rocas y otras veces un árbol con las últimas hojas.
Pero hoy me siento apenas como laguna insomne con un embarcadero ya sin embarcaciones una laguna verde inmóvil y paciente conforme con sus algas sus musgos y sus peces, sereno en mi confianza confiando en que una tarde te acerques y te mires, te mires al mirarme.
Cuando era como vos me enseñaron los viejos y también las maestras bondadosas y miopes, que Libertad o Muerte era una redundancia, a quién se le ocurría en un país donde los presidentes andaban sin capangas, que la Patria o la tumba era otro pleonasmo ya que la patria funcionaba bien en las canchas y en los pastoreos.
Realmente botija no sabian un corno, pobrecitos creían que Libertad era tan sólo una palabra aguda, que Muerte era tan sólo grave o llana y cárceles por suerte una palabra esdrújula, olvidaban poner el acento en el hombre.
La culpa no era exactamente de ellos sino de otros más duros y siniestros, y éstos sí, cómo nos ensartaron con la limpia república verbal, cómo idealizaron la vidurria de vacas y estancieros, y cómo nos vendieron un ejército que tomaba su mate en los cuarteles.
Uno no siempre hace lo que quiere, uno no siempre puede por eso estoy aquí mirándote y echándote de menos.
Por eso es que no puedo despeinarte el jopo, ni ayudarte con la tabla del nueve, ni acribillarte a pelotazos, vos sabés que tuve que elegir otros juegos y que los jugué en serio y jugué por ejemplo a los ladrones y los ladrones eran policías y jugué por ejemplo a la escondida y si te descubrían te mataban y jugué a la mancha y era de sangre.
Botija aunque tengas pocos años, creo que hay que decirte la verdad para que no la olvides, por eso no te oculto que me dieron picana, que casi me revientan los riñones, todas estas llagas hinchazones y heridas que tus ojos redondos miran hipnotizados, son durísimos golpes, son botas en la cara, demasiado dolor para que te lo oculte, demasiado suplicio para que se me borre.
Pero también es bueno que conozcas que tu viejo calló, o puteó como un loco, que es una linda forma de callar, que tu viejo olvidó todos los números (por eso no podría ayudarte en las tablas) y por lo tanto todos los teléfonos y las calles y el color de los ojos y los cabellos y las cicatrices y en qué esquina, en qué bar, qué parada, qué casa.
Y acordarse de vos, de tu carita, lo ayudaba a callar, una cosa es morirse de dolor y otra cosas morirse de verguenza, por eso ahora me podés preguntar y sobre todo puedo yo responder.
Uno no siempre hace lo que quiere pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere, llorá nomás botija, son macanas que los hombres no lloran, aquí lloramos todos, gritamos, berreamos, moqueamos, chillamos, maldecimos.
Porque es mejor llorar que traicionar, porque es mejor llorar que traicionarse, llorá, pero no olvides.
Poeta colombiano (Chiquinquirá, mayo 22 de 1867 - Usiacurí, Atlántico, febrero 7 de 1923). Julio Flórez fue el séptimo de los diez hijos del médico liberal Policarpo María Flórez, presidente del Estado Soberano de Boyacá en 1871, y de Dolores Roa de Flórez, dama perteneciente al partido conservador colombiano.
Educado bajo estricto control religioso en los colegios de Chiquinquirá, nacionalmente conocida como la Villa de los Milagros, y sede de la Orden Dominicana de sacerdotes católicos que administran la fe de los creyentes en el poder sobrenatural de la Virgen del Rosario, llamada la Patrona de Colombia, Julio Flórez recibió el don de la poesía, al igual que sus hermanos, entre los que se destacaron el médico Manuel de Jesús, el abogado Leonidas y el ingeniero Alejandro A. Flórez.
A los 7 años escribió sus primeros versos conocidos. Durante 1879 y 1880 continuó sus estudios en el Colegio Oficial de Vélez, donde su padre era rector. En 1881 la familia se trasladó a Bogotá, donde el padre se desempeñó como representante a la Cámara por Boyacá; Julio entró a estudiar literatura en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.
Las guerras civiles que azotaban el país desde los comienzos de la república, incidieron directamente en la población colombiana, afectando su estabilidad socio-económica y malogrando las probabilidades de educación. Julio Flórez tuvo que interrumpir sus estudios por esta causa y, dada la condición bohemia de su carácter, nunca retomó la senda académica. En cambio, comenzó a frecuentar los ambientes literarios donde entabló relaciones con personas de gran valor artístico y humano, como el poeta Candelario Obeso, quien no solamente recibió el rechazo general por su raza, sino también por refutar los cánones de vida ordenada impuestos por la Iglesia y la sociedad bogotana.
En 1884 Candelario Obeso se suicidó y en su sepelio el joven Julio Flórez, de 17 años, exaltó su memoria en versos emocionados. Esta primera irrupción en la tribuna pública marcó el principio de su carrera. En 1886 su nombre apareció entre los bardos consagrados en la antología poética "La Lira Nueva", publicada por José María Rivas Groot. A partir de 1887, Julio Flórez comenzó una vida independiente, sosteniéndose con el producto de su actividad artística, que en Colombia ha sido siempre mal reputada y peor remunerada. Así, atravesó una larga etapa de «hambres de poeta», como él la describiría posteriormente.
En 1883 Flórez publicó su primer libro de poesía, “Horas”, cuyo título le sugirió José Asunción Silva. Flórez comprendió bien el espíritu de su amigo y su rechazo al ambiente bogotano. Cuando se suicidó Silva, en 1896, Flórez declamó en sus funerales una elegía que fue condenada como blasfémica por el obispo de Bogotá, quien propinó al poeta una seria amonestación al respecto.
Su fama como trovador y personaje romántico seguía creciendo. En 1895 ya había logrado superar las dos grandes desventajas del hombre colombiano: el ser provinciano y el ser pobre. Su valor personal y su arte lo habían colocado muy alto en el panorama cultural, los críticos locales más exigentes se ocupaban de su obra, su presencia era solicitada en los círculos exclusivos de la sociedad capitalina.
Los escritores nóveles viajaban a Bogotá con la ilusión de conocer «al Divino Flórez», como lo llamaría «su amigo y admirador Guillermo Valencia» al dedicarle su libro “Cigüeñas Blancas”, o escucharlo cantar (acompañado de su guitarra o al piano por su amigo el maestro Emilio Murillo), la famosa canción "Mis flores negras", cuya paternidad musical ha sido tan discutida, no así la de su texto, que ha quedado consagrado como suyo.
Flórez se había convertido en el bardo de moda, amado por el pueblo porque sabía pulsar la fibra de los sentimientos de su raza. También se ocupaba de los destinos del partido y blandía su pluma para participar en las luchas liberales con que la oposición intentaba rescatar un poder que permanecería perdido durante 43 años.
Flórez llegó a convertirse en el poeta de los soldados en el frente e «hizo sonar siempre las cuerdas de su lira en favor de las más nobles causas políticas y sociales», según conceptos del general Rafael Uribe Uribe, cuando en 1912 le agradeció su libro de lírica heroica, “Flecha Roja”. Pero su poesía comprometida hizo que fuera perseguido y reducido a prisión en varias ocasiones.
En medio de guerras, penurias y amordazamiento de la censura, los colombianos reaccionaban reuniéndose en cofradías o hermandades pacíficas de tipo cultural que los protegían de la aridez del presente. En compañía de seis amigos, Flórez fundó la “Gruta Simbólica”, comentada tertulia literaria de 70 miembros, que permaneció vigente desde fines de 1900 hasta fines de 1903, bajo la capitanía intelectual de Flórez.
La inseguridad, la tensión sostenida entre las fuerzas políticas, religiosas y socioecónómicas del país, valió para que los artistas de la época, a semejanza de los poetas malditos franceses de fines del siglo XIX, frecuentaran la bohemia y en ocasiones cayeran en vicios que les atrajeron el rechazo de la sociedad o el anatema del clero. Flórez fue señalado como sacrílego, blasfemo y apóstata.
Estando en el punto culminante de su carrera literaria, subió al poder, en 1904, el caudillo militar general Rafael Reyes, quien ante la ola de murmullos en su contra, le "aconsejó" abandonar el país. En 1905 Flórez tuvo que salir de Bogotá, ciudad amada y cantada en sus más hermosas rimas. Se dirigió a la Costa Atlántica, luego a Caracas, y de allí inició una gira poética por los países centroamericanos que se prolongó por dos años (1906-1907), en medio del clamor general de sus éxitos, hasta que, estando en México y dispuesto a regresar a Colombia, el general Reyes lo nombró segundo secretario de la Legación de Colombia en España, hacia donde partió en agosto de 1907.
Su libro “Cardos y Lirios”, así como su ovacionado poema "La Araña", obtuvieron publicación en 1905 en Venezuela. “Manojo de zarzas” y “Cesta de lotos” fueron editados en 1906 en San Salvador, “Fronda lírica”, en Madrid en 1908, y “Gotas de ajenjo”, en Barcelona en 1909. Su actitud general en Europa fue discreta y amable. Conoció a personalidades literarias españolas y latinoamericanas como Emilia Pardo Bazán, Francisco Villaespesa, Rubén Darío, José Santos Chocano, José María Vargas Vila y Amado Nervo.
Y aunque sus tendencias románticas lo colocaban en la retaguardia del modernismo en boga, su poesía y personalidad fueron acogidas con simpatía por los escritores de la Generación del 98. Pero para sus admiradores y amigos colombianos, Flórez era ahora totalmente distinto a aquel bohemio eufórico de las épocas de la Gruta Simbólica, se presentía cansado de la vida y desilusionado de los hombres y de las cosas.
En febrero de 1909 Flórez regresó a Colombia, a la que saludó en un recital en Barranquilla, y luego desapareció sin dejar rastro alguno. Los periodistas indagaron su paradero, pero nadie sabía que se había retirado al balneario de Usiacurí a tomar una cura de sus aguas medicinales. En ese primitivo pueblo se enamoró de una colegiala de 14 años de edad, Petrona, con quien comenzó un verdadero e inmortal idilio.
Pero los compromisos adquiridos a su regreso de Europa lo obligaron a regresar a la capital, después de cinco años en el extranjero. Allí se presentó en una función de bienvenida en el Teatro Colón, durante las celebraciones del primer centenario de la Independencia de Colombia (1910). Fue acogido calurosamente por la crítica y volvió a obtener un grandioso éxito con su público de todas las categorías. Inmediatamente después de esta presentación, Flórez se ausentó de la capital, a la que regresó en muy contadas ocasiones para ofrecer recitales poéticos, del mismo modo como lo hizo a nivel nacional y, más frecuentemente, en la vecina ciudad de Barranquilla, donde en 1917 se editó “De pie los muertos”, recopilación de sus versos alusivos a la primera Guerra Mundial, que recitó en el Teatro Cisneros.
En 1922 publicó allí mismo la segunda edición de su libro “Fronda lírica”, última obra publicada en vida, ya que “Oro y ébano” apareció como edición póstuma, en 1943.
En la aldea de Usiacurí llevó una vida de hogar tranquila y ordenada, al lado de su esposa y sus cinco niños: Cielo, León Julio, Divina, Lira y Hugo Flórez Moreno. Para el mantenimiento de la familia, para ganar «el maldito pan», se dedicó a labores agrícolas y ganaderas en pequeña escala, que fueron reputadas como de «burguesas» por algún escritor parnasiano contemporáneo suyo, con gran molestia de su parte.
Rápidamente su salud se fue quebrantando y en el término de dos años una rebelde enfermedad le deformó el rostro, sin que fuera efectivo ningún auxilio médico prestado en Barranquilla, Bogotá o Panamá, sobre cuyo diagnóstico no ha habido ninguna certeza, pero que podría tener rasgos de un cáncer o melanoma maligno que le afectó la parótida izquierda y le dificultó el habla.
Quizás los últimos cuatro meses de su vida fueron los más dramáticos. El partido conservador tomó nuevos bríos con la elección del general Pedro Nel Ospina. La Iglesia redobló las presiones ejercidas sobre el hombre debilitado por la enfermedad, encaminadas a que retomara su religión perdida, regresara a los sacramentos y contrajera matrimonio católico con su esposa, requisito sin el cual los hijos habidos de esa unión civil no eran aceptados como sus herederos legítimos, según lo estipulado en el Concordato que regía en Colombia desde 1887.
En noviembre de 1922 Flórez accedió a confesarse, comulgar, contraer matrimonio católico con Petrona y bautizar a sus hijos. Ante semejante milagro, la sociedad se conmovió y en Barranquilla promovieron la coronación de Julio Flórez como poeta nacional, acto al cual accedió gustoso el gobierno del general Ospina.
Pero dada la precaria salud del enfermo, esta ceremonia no se pudo realizar ni en Bogotá ni en Barranquilla, sino en Usiacurí, a donde se movilizaron altas personalidades del gobierno, la sociedad y la cultura en 163 automóviles, a los que se unieron una multitud de campesinos, trabajadores y estudiantes que querían presenciar el acto.
Así, el 14 de enero de 1923, al borde del sepulcro, Julio Flórez obtuvo un honor retrasado por treinta años. Pocos días después de esta forzada ceremonia, el poeta del pueblo colombiano murió rodeado de sus familiares y amigos, el 7 de febrero. Julio Flórez ha pasado a la historia como un bardo popular, que supo interpretar los amores y los dolores de la raza colombiana bajo temas absolutos como la naturaleza, la madre, la patria, la amada y la muerte. Su fama como «el último becqueriano», según palabras de Max Henríquez Ureña, ha desbordado las fronteras nacionales,
Oye: bajo las ruinas de mis pasiones, y en el fondo de esta alma que ya no alegras, entre polvos de ensueños y de ilusiones yacen entumecidas mis flores negras.
Ellas son el recuerdo de aquellas horas en que presa en mis brazos te adormecías, mientras yo suspiraba por las auroras de tus ojos, auroras que no eran mías.
Ellas son mis dolores, capullos hechos; los intensos dolores que en mis entrañas sepultan sus raíces, cual los helechos en las húmedas grietas de las montañas.
Ellas son tus desdenes y tus reproches ocultos en esta alma que ya no alegras; son, por eso, tan negras como las noches de los gélidos polos, mis flores negras.
Guarda, pues, este triste, débil manojo, que te ofrezco de aquellas flores sombrías; guárdalo, nada temas, es un despojo del jardín de mis hondas melancolías.
Entre las hojas de laurel, marchitas, de la corona vieja, que en lo alto de mi lecho suspendida, un triunfo no alcanzado me recuerda, una araña ha formado su lóbrega vivienda con hilos tembladores más blancos que la seda, donde aguarda a las moscas haciendo centinela a las moscas incautas que allí prisión encuentran, y que la araña chupa con ansiedad suprema.
He querido matarla: Mas... ¡imposible! Al verla con sus patas peludas y su cabeza negra, la compasión invade mi corazón, y aquella criatura vil, entonces, como si comprendiera mi pensamiento, avanza sin temor, se me acerca como queriendo darme las gracias, y se aleja . después, a su escondite desde el cual me contempla.
Bien sabe que la odio por lo horrible y perversa; y que me alegraría si la encontrara muerta; mas ya de mí no huye, ni ante mis ojos tiembla; un leal enemigo quizás me juzga, y piensa al ver que la ventaja es mía, por la fuerza, ¡que no extinguiré nunca su mísera existencia! En los días amargos en que gimo, y las quejas de mis labios se escapan en forma de blasfemias, alzo los tristes ojos . a mi corona Vieja, y encuentro allí la araña, la misma araña fea con sus patas peludas Y su cabeza negra, ¡como oyendo las frases que en mi boca aletean!
En las noches sombrías cuando todas mis penas como negros vampiros sobre mi lecho vuelan, cuando el insomnio pinta las moradas ojeras, y las rojizas manchas en mi faz macilenta, me parece que baja la araña de su celda, y camina y camina... y camina sin tregua por mi semblante mustio hasta que el alba llega. ¿Es compasiva? ¿Es mala? ¿Indiferente? Vela mi sueño, y, cuando escribo, silenciosa me observa. ¿Me compadece acaso? ¿De mi dolor se alegra? ¡Dime quién eres, monstruo! ¿En tu cuerpo se alberga un espíritu? Dime: ¿Es el alma de aquella mujer que me persigue, todavía, aunque muerta? ¿La que mató mi dicha y me inundó en tristeza?
Dime: ¿Acaso dejaste la vibradora selva, donde enredar solías, tus plateadas hebras, en las obscuras ramas de las frondosas ceibas, por venir a mi alcoba, en el misterio envuelta, como una envidia muda, como una viva mueca? ¡Te hablo y tú nada dices, te hablo y no me contestas! ¡Aparta, monstruo, huye otra vez, a tu celda!
Quizás mañana mismo, cuando en mi lecho muera, cuando la ardiente sangre se cuaje entre mis venas y mis ojos se enturbien, tú, alimaña siniestra, bajarás silenciosa y en mi obscura melena formarás otro asilo, formarás otra tela, sólo por perseguirme ¡hasta en la misma huesa!
¡Qué importa!... nos odiamos, pero escucha: no temas, no temas por tu vida, ¡es toda tuya, entera! ¡Jamás romperé el hilo de tu muda existencia! Sigue viviendo, sigue, pero... ¡oculta en tu cueva! ¡No salgas! ¡No me mires! No escuches más mis quejas, ni me muestres tus patas, ¡ni tu cabeza negra!... Sigue viviendo sigue, inmunda compañera, entre las hojas de laurel marchitas de la corona vieja, que en lo alto de mi lecho suspendida ¡un triunfo, no alcanzado, me recuerda!
José Ángel Buesa es sin dudas el poeta cubano de mayor aceptación y divulgación del siglo XX . Catalogado por algunos críticos como poeta menor, cursi y fácil, no obstante podría afirmarse que ningún poeta cubano, ha hecho mejor gala del neo-romanticismo americano. El público no le despreció jamás y sus producciones siempre recibieron calurosa acogida. Sus poemarios gozan de un alto número de ediciones y aun se continúan reimprimiendo, y desapareciendo de las bibliotecas públicas.
Nace el 2 de septiembre de 1910, en Cruces, antigua provincia de Las Villas, ahora Cienfuegos, Cuba, y fallece exiliado de su país natal el 14 de agosto de 1982, en Santo Domingo, República Dominicana.
Es un poeta esencialmente romántico, llamado el "poeta enamorado". Su popularidad se debía en gran parte a la claridad y profunda sensibilidad de su obra. Muchos de sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués, ruso, polaco, japonés y chino. Otros muchos han sido musicalizados o recitados en unos 40 discos de larga duración. Fue también novelista y escritor de libretos para la radio y la televisión cubana, también fue director de célebres programas radiales en las estaciones RHC-Cadena Azul y CMQ, ya inexistentes.
Durante su adolescencia se muda a Cienfuegos a continuar sus estudios en el Colegio de los Hermanos Maristas. La gente, los cañaverales, y todo el medio de Cienfuegos, ejercen un embrujo en el alma del poeta, que empieza a plasmar en sus versos la magia del paisaje que lo rodea. Aún joven, se traslada a La Habana, donde se incorpora a los grupos literarios existentes en aquel entonces.
Publicó su primer libro de poesías a los 22 años de edad, y continuó con una producción constante que se difundió ampliamente por todos los países de habla hispana. Entre sus libros más conocidos, se cuentan “La Fuga de las Horas”(1932), “Oasis” (1943), y “Poeta Enamorado”» (1949).
Aunque más conocido como poeta, Buesa es autor de una amplia producción narrativa, por ejemplo, “Solapa al viento sur”, su novela más renombrada. Publicó la obra didáctica “Método de versificación”, y también su autobiografía, “Año bisiesto”.
Buesa se ve obligado a abandonar Cuba para empezar una penosa peregrinación por México, España, Islas Canarias, El Salvador y finalmente Santo Domingo.
Su obra continúa proscrita e ignorada por el régimen. Jamás se ha vuelto a editar. Fue eliminado de los textos escolares, y hasta de las bibliotecas públicas, como si nunca hubiera nacido ni vivido en Cuba o en otro país. Sin embargo, el famoso poeta no es ignorado por los amantes de su poesía, antes y ahora. Las amarillentas páginas de sus libros de versos, descosidos y vueltos a coser tantas veces recorren la isla, junto al reclamo de su poesía a los vendedores de libros viejos. Desapareció el poeta, pero no su poesía, recitada de memoria por la población.
En los últimos años de su vida se dedicó a la enseñanza, ejerciendo como catedrático de literatura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña en la República Dominicana.
Ya era muy viejecita... Y un año y otro año se fue quedando sola con su tiempo sin fin. Sola con su sonrisa de que nada hace daño, sola como una hermana mayor en su jardín.
Se fue quedando sola con los brazos abiertos, que es como crucifican los hijos que se van, con su suave manera de cruzar los cubiertos, y aquel olor a limpio de sus batas de holán.
Déjenme recordarla con su vals en el piano, como yéndose un poco con lo que se le fue; y con qué pesadumbre se mira la mano cuando le tintineaba su taza de café.
Se fue quedando sola, sola... sola en su mesa, en su casita blanca y en su lento sillón; y si alguien no conoce que soledad es esa, no sabe cuánta muerte cabe en un corazón.
Y diré que en la tarde de aquel viernes con rosas, en aquel "hasta pronto" que fue un adiós final, aprendí que unas manos pueden ser mariposas, dos mariposas tristes volando en su portal.
Sé que murió de noche. No quiero saber cuándo. Nadie estaba con ella, nadie, cuando murió: Ni su hijo Guillermo, ni su hijo Fernando, ni el otro, el vagabundo sin patria, que soy yo.
Te digo adiós, y acaso te quiero todavía. Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós. No sé si me quisiste... No sé si te quería... O tal vez nos quisimos demasiado los dos.
Este cariño triste, y apasionado, y loco, me lo sembré en el alma para quererte a ti. No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco; pero sí sé que nunca volveré a amar así.
Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo, y el corazón me dice que no te olvidaré; pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo, tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.
Te digo adiós, y acaso, con esta despedida, mi más hermoso sueño muere dentro de mí... Pero te digo adiós, para toda la vida, aunque toda la vida siga pensando en ti.
Pasaras por mi vida sin saber que pasaste. Pasaras en silencio por mi amor, y al pasar, fingiré una sonrisa, como un dulce contraste del dolor de quererte... y jamás lo sabrás.
Soñare con el nácar virginal de tu frente; soñare con tus ojos de esmeraldas de mar; soñare con tus labios desesperadamente; soñare con tus besos... y jamás lo sabrás.
Quizás pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, te amare más que nunca... y jamás lo sabrás.
Yo te amare en silencio, como algo inaccesible, como un sueño que nunca lograré realizar; y el lejano perfume de mi amor imposible rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás.
Y si un día una lágrima denuncia mi tormento, - el tormento infinito que te debo ocultar - te diré sonriente: "No es nada... ha sido el viento". Me enjugaré la lágrima... ¡y jamás lo sabrás!
Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
y tú te irás borrando lentamente en mi sueño.
Un año y otro año caerán como hojas secas
de las ramas del árbol milenario del tiempo,
y tu sonrisa, llena de claridad de aurora,
se alejará en la sombra creciente del recuerdo.
II
Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
y quizás, poco a poco, dejaré de hacer versos,
bajo el vulgar agobio de la rutina diaria,
de las desilusiones y los aburrimientos.
Tú, que nunca soñaste más que cosas posibles,
dejarás, poco a poco, de mirarte al espejo.
III
Acaso nos veremos un día, casualmente,
al cruzar una calle, y nos saludaremos.
Yo pensaré quizás: “Que linda es todavía”
Tú quizás pensarás: “Se está poniendo viejo”
Tú irás sola o con otro. Yo iré solo o con otra.
O tú irás con un hijo que debiera ser nuestro.
IV
Y seguirá muriendo la vida, año tras año,
igual que un río oscuro que corre hacia el silencio.
Un amigo, algún día, me dirá que te ha visto,
o una canción de entonces me traerá tu recuerdo.
Y en estas noches tristes de quietud y de estrellas,
pensaré en ti un instante, pero cada vez menos…
V
Y pasará la vida. Yo seguiré soñando;
pero ya no habrá un nombre de mujer en mi sueño.
Ya yo te habré olvidado definitivamente
y sobre mis rodillas retozarán mis nietos.
(Quizás, para entonces, al cruzar una calle,
nos vimos frente a frente, ya sin reconocernos.)
VI
Y una tarde de sol me cubrirán de tierra,
las manos para siempre cruzadas sobre el pecho.
Tú, con los ojos tristes y los cabellos blancos,
te pasarás las horas bostezando y tejiendo.
Y cada primavera renacerán las rosas,
aunque ya tú estés vieja, y aunque yo me haya muerto.
Poeta venezolano, nacido en Cumaná el 6 de agosto de 1896, para quien ejercer la poesía era fundamentalmente una responsabilidad ciudadana. Ser militante del arte fue su norte, su vocación, un arte fuertemente integrado con las fibras más íntimas del pueblo.
Siempre estuvo atento a la voz de la gente y de la calle, que supo reflejar con la destacada luz de sus versos.
Extraordinario orador político y literario, cautivó a las multitudes venezolanas de los años treinta y cuarenta. Y lo siguió haciendo hasta su muerte en el exilio.
Son pocos los creadores que han logrado una gran estimación de su pueblo con el verso, cosa que se pone de manifiesto en los textos que él recogió en su libro "Poda". Su obra contiene un registro muy amplio: toca lo personal, como en "El alma inquieta"; lo geográfico y lo telúrico ("El río de las siete estrellas"); se hace eco de las tradiciones ("El limonero del Señor"); es juguetón ("El conejo blanco" o "El gato verde"); suyos son romances sobre tradiciones, como el de "La loca luz Caraballo"; la transida emoción filial le lleva a concebir el que muchos consideran su mejor poema: "A un año de tu luz"
El insigne poeta, el amigo de la gente de pueblo, muere exiliado en 1955 en un accidente en Ciudad de México.
Su última intervención pública, a horas del deceso, fue un discurso, en el cual llamó a lo mejor del espíritu venezolano a seguir viviendo.
Cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera, se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga y al del coche que empuja la institutriz inglesa y al niño gringo que carga la criolla y al niño blanco que carga la negra y al niño indio que carga la india y al niño negro que carga la tierra.
Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños que la calle se llena y la plaza y el puente y el mercado y la iglesia y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle y el coche lo atropella y cuando se asoma al balcón y cuando se arrima a la alberca; y cuando un niño grita, no sabemos si lo nuestro es el grito o es el niño, y si le sangran y se queja, por el momento no sabríamos si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.
Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño que acompaña a la ciega y las Meninas y la misma enana y el Príncipe de Francia y su Princesa y el que tiene San Antonio en los brazos y el que tiene la Coromoto en las piernas. Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala, todo llanto nos crispa, venga de donde venga. Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera.
Y cuando se tienen dos hijos se tienen todos los hijos de la tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran, con que las madres ríen, con que los mundos sueñan, los que Paul Fort quería con las manos unidas para que el mundo fuera la canción de una rueda, los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño, quiere con Dios adentro y las tripas afuera, los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra, porque basta para que salga toda la luz de un niño una rendija china o una mirada japonesa.
Cuando se tienen dos hijos se tiene todo el miedo del planeta, todo el miedo a los hombres luminosos que quieren asesinar la luz y arriar las velas y ensangrentar las pelotas de goma y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda. Cuando se tienen dos hijos se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas, toda la angustia y toda la esperanza, la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega, si el modo de llorar del universo o el modo de alumbrar de las estrellas.
¡Ah mundo! La negra Juana, ¡la mano se le pasó! Se le murió su negrito, sí, señor.
- ¡Ay compadrito del alma, tan sano que estaba el negro! Yo no le acataba el pliegue, yo no le miraba el hueso; como yo me enflaquecía, lo medía con mi cuerpo, se me iba poniendo flaco, como yo me iba poniendo. Se me murió mi negrito; Dios lo tendría dispuesto; ya lo tendrá colocao como angelito del cielo..
Desengáñese, comadre, que no hay angelitos negros!
Pintor de santos de alcoba, pintor sin tierra en el pecho, que cuando pintas tus santos no te acuerdas de tu pueblo; que cuando pintas tus vírgenes pintas angelitos bellos, pero nunca te acordaste de pintar un ángel negro.
Pintor nacido en mi tierra, con el pincel extranjero; pintor que sigues el rumbo de tantos pintores viejos, aunque la virgen sea blanca, píntame angelitos negros.
No hay un pintor que pintara angelitos de mi pueblo. Yo quiero angelitos blancos con angelitos morenos. Ángel de buena familia no basta para mi cielo.
Si queda un pintor de santos, si queda un pintor de cielos, que haga el cielo de mi tierra con los tonos de mi pueblo, con su ángel de perla fina, con su ángel de medio pelo, con sus ángeles catires, con sus angelitos blancos, con sus ángeles morenos, con sus angelitos indios, con sus angelitos negros, que vayan comiendo mango por las barriadas del cielo.
Si al cielo voy algún día, tengo que hallarte en el cielo, angelitico del diablo, serafín cucurusero.
Si sabes pintar tu tierra, así has de pintar tu cielo, con su sol que tuesta blancos, con su sol que suda negros, porque para eso lo tienes calientito y de los buenos. Aunque la Virgen sea blanca, píntame angelitos negros.
No hay una iglesia de rumbo, no hay una iglesia de pueblo, donde hayan dejado entrar al cuadro angelitos negros. y entonces, ¿a dónde van, angelitos de mi pueblo, zamuritos de Guaribe, torditos de Barlovento?
Pintor que pintas tu tierra, si quieres pintar tu cielo, cuando pintas angelitos acuérdate de tu pueblo, y al lado del ángel rubio, y junto al ángel trigueño, aunque la Virgen sea blanca, píntame angelitos negros.
He renunciado a ti. No era posible Fueron vapores de la fantasía; son ficciones que a veces dan a lo inaccesible una proximidad de lejanía.
Yo me quedé mirando cómo el río se iba poniendo encinta de la estrella... hundí mis manos locas hacia ella y supe que la estrella estaba arriba...
He renunciado a ti, serenamente, como renuncia a Dios el delincuente; he renunciado a ti como el mendigo que no se deja ver del viejo amigo;
Como el que ve partir grandes navíos con rumbo hacia imposibles y ansiados continentes; como el perro que apaga sus amorosos bríos cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;
Como el marino que renuncia al puerto y el buque errante que renuncia al faro y como el ciego junto al libro abierto y el niño pobre ante el juguete caro.
He renunciado a ti, como renuncia el loco a la palabra que su boca pronuncia; como esos granujillas otoñales, con los ojos estáticos y las manos vacías, que empañan su renuncia, soplando los cristales en los escaparates de las confiterías...
He renunciado a ti, y a cada instante renunciamos un poco de lo que antes quisimos y al final !cuantas veces el anhelo menguante pide un pedazo de lo que antes fuimos!
Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo. Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño; desbaratando encajes regresaré hasta el hilo. La renuncia es el viaje de regreso del sueño...
"Nací en Tepic, (México) pequeña ciudad de la costa del Pacífico, el 27 de agosto de 1870"
Un tópico muy repetido por Amado Nervo en sus diversas páginas autobiográficas, fue el de que carecía de historia.
En su breve autobiografía de 1906, insistía: "Mi vida ha sido muy poco interesante: como los pueblos felices y las mujeres honradas, yo no tengo historia", palabras que después puso en sílabas contadas: “¿Versos autobiográficos? Ahí están mis canciones, allí están mis poemas: yo, como las naciones venturosas, y a ejemplo de la mujer honrada, no tengo historia: nunca me ha sucedido nada.”
No obstante la afirmación, en su vida se entretejieron armoniosamente sucesos dignos de mención, ya adversos, ya venturosos. Escribió muchos libros; fue combatido, pero a la vez amado y ensalzado; fue afortunado capitán en las filas del movimiento literario más importante que ha tenido América. Por el camino de la sinceridad, de la sencillez y del trabajo silencioso, llegó a situaciones brillantes. Justo es lo que dijo en su momento de plenitud:
“Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”
Eres uno con Dios, porque le amas, tu pequeñez ¡qué importa y tu miseria!; eres uno con Dios, porque le amas.
Le buscaste en los libros, le buscaste en los templos, le buscaste en los astros, y un día el corazón te dijo, trémulo: "Aquí está", y desde entonces ya sois uno, ya sois uno los dos, porque le amas.
No podrán separaros ni el placer de la vida ni el dolor de la muerte.
En el placer has de mirar su rostro, en el valor has de mirar su rostro, en vida y muerte has de mirar su rostro.
"¡Dios!" dirás en los besos, dirás "Dios" en los cantos, dirás "Dios" en los ayes.
Y comprendiendo al fin que es ilusorio todo pecado (como toda vida), y que nada de Él, puede separarte, uno con Dios te sentirás por siempre: uno solo con Dios ¡porque le amas!
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
Porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales coseché siempre rosas.
...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas; mas no me prometiste tan sólo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina, ...pero no la aborrezco! Cuando la mezquindad envidiosa en mí clava los dardos de su inquina, esquívase en silencio mi planta, y se encamina hacia más puro ambiente de amor y caridad.
¿Rencores? ¡De qué sirven! ¿Qué logran los rencores? Ni restañan heridas, ni corrigen el mal. Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores, y no prodiga savias en pinchos punzadores: si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,
se llevará las rosas de más sutil esencia; y si notare en ellas algún rojo vivaz, ¡será el de aquella sangre que su malevolencia de ayer vertió, al herirme con encono y violencia, y que el rosal devuelve, trocado en flor de paz!
Cada rosa gentil ayer nacida, cada aurora que apunta entre sonrojos, dejan mi alma en el éxtasis sumida ¡nunca se cansan de mirar mis ojos el perpetuo milagro de la vida!
Años ha que contemplo las estrellas en las diáfanas noches españolas y las encuentro cada vez mas bellas. Años ha que en el mar conmigo a solas, ¡y aún me pasma el prodigio de las olas!
Cada vez hallo la naturaleza más sobrenatural, más pura y santa, Para mí, en rededor, todo es belleza: y con la misma plenitud me encanta la boca de la madre cuando reza que la boca del niño cuando canta.
Quiero ser inmortal con sed intensa, porque es maravilloso el panorama con que nos brinda la creación inmensa; porque cada lucero me reclama, diciéndome al brillar: "Aquí se piensa, también aquí se lucha, aquí se ama."